miércoles 4 de marzo de 2009

Réquiem por El Caballo



En aquel país distinto reinaba El Caballo. El hombre no podía controlar veneración semejante. El Caballo, insinuaba tiempos nuevos con el ladeo de su grupa y las huellas de sus cascos eran sometidas al escrutinio de espiritistas y adivinadores.

El hombre nuevo le entregaba su esperanza. Coreaba hasta la fatiga, quebrada la voz: ¡Viva El Caballo!

Vida larga auguraban a su Reino. Prosperaban los desposeídos, al menos en sueños de mejores tiempos por venir. Las multitudes se agrupaban para verlo, empinado sobre las patas traseras, exhibiendo la marca de la oz y el martillo.

Si orinaba en pleno discurso de relinchos, le acercaban una palangana de oro. Recogían el líquido, lo procesaban y luego lo vendían en pastillas, que según los entendidos, lograban una erección elefantuna.

¡El Caballo sí tiene timbales!, rezaba el comercial.

Con los años, el hombre nuevo empezó a sufrir el embate de las pesadillas. El aire despejó el humo del tabaco, pero el cuerpo vivía en un delirio de asfixia cotidiana. Escaseó la luz, el agua y el hambre del estómago se emparejó con la inapetencia del Espíritu. Las voluntades empezaron a cambiar. El Caballo dejó de ver la huella de sus cascos y galopó en reversa. Al primer hombre que presenció el desastre, le cosieron los labios.

Y El Caballo dejó de correr, sentía pavor de la voz de multitudes y los aplausos. Cotidianamente, derramaba el líquido de la palangana y liberaba su ostracismo con sonoras ventosidades.

Se tumbó.

Una noche, el Caballerango Real, con los dedos llenos de estiércol le forzó los párpados:
¿Ves? Ahí va tu hermano.

El Caballo alcanzó a sentir el golpe de la fusta a la altura del sillar, pero no pudo incorporarse. Un disparo entre los ojos le apagó la voluntad, para siempre.

lunes 2 de marzo de 2009

Decálogo del "Bloggel" cubano

Este va por Rosa, que me hizo pensar. Y por un compañero de estudios de quien debí enamorarme: DECÁLOGO DEL "BLOGGEL" CUBANO:
1.- Si estás adentro y eres miembro de la Hermandad escribirás, compañero, sobre las delicias de la yuca.
2.- Si estás adentro, pero no estás: identifícate. La foto del carnet se venera "en el exterior".
3.- Si estás afuera y odias la Hermandad escribe contra ella y desprecia a quienes dedican post a las musarañas.
4.- Si estás afuera, prendado de tu Espíritu, ¡ponte pa esto!
5.- Escribe de lo que te venga en ganas y si no te vienen...de lo que te dé.
6.- Cuéntale al mundo tus primeros asombros, sin exponer demasiado nuestra ignorancia.
7.- Nunca menciones las palabras manidas: calles, malecón, vecinos, CDR. Jamás, FMC.
8.- No te refieras al Rey puesto como Raúl o al Rey muerto como Fidel. Ellos no son tus amigos y ya no son de la familia.
9.- Adorna los post con fotos de paisajes, bueno. Con gente de cara jodida; mejor.
10.- Si quieres reconocimientos, visualiza tu diploma virtual. ¡No comas tanta mierda! ¿De verdad aspirabas a un premio?

sábado 28 de febrero de 2009

LA ABUELA

La abuela se ha convertido en isla. Absorta en el universo sin razón, lo mismo toma el café con chicharo, que ve en la soya un bistec. Cumple 85 años, con el donaire de las mujeres bellas.
Demencia senil fue el diagnóstico, pero yo sé que no. La abuela decidió enloquecer una tarde de incontinencia urinaria y lagos crecidos, en el medio del comedor: ¡Qué coño es esto, mami!
Imposible gastar lo poco en pañales para adultos. Lo peor vino después cuando la abuela puso islas a flotar. La hija olvidada de su rancia estirpe enfureció. El último alarido no alcanzó a terminarlo porque la abuela recuperando su esplendor, la zarandeó por el brazo:
- ¡En mi casa me meo donde me da la gana!
Hoy, el abuelo le sirve de isla de la juventud. La baña, mientras ella se protege arisca. Tiene paciencia con raíces de 93 años si ella le desconoce o ignora y la viste de piropos cuando se quiere ir:
-¡Pucha!¿adónde vas? Muchacha que te van a robar...
Entonces, ella regresa. Es cuando él la ve poblada de palmeras, con un filito azul rematándole el perfil. Siempre la misma respuesta:
- Te lo dije hace años, que nos fuéramos. ¿Y ahora cómo? si te me has puesto tan viejo...

jueves 26 de febrero de 2009

El chiva

Teté vende café desde hace más de siete años. Su casa colinda con una Base de taxis y desde allí le gritan: ¡Café!
A veces berrea un tipo, a veces tres. Curiosamente, nadie los oye, aunque todos se preguntan el porqué. A unos metros de allí, Elías exhibe su vianda, detrás del patio, sin licencia. Les paga a los inspectores para "no pagar". "Se llevan su aguacatico, su plátano maduro, su malanguita y sin líos".
Pero Teté vende café y no le paga a nadie. ¿Por qué nadie oye los llamados a Teté? Dicen los vecinos: Por el yerno que es chivatón...
El yerno fue del Ministerio durante varios años, sus hijos estudiaron en la Lenin. Levantó una de esas familias que le encanta disfrazarse de CDR; pero de un día para otro agarró un camión, de civil. Del camión cambió para una grúa y empezó a mejorar. Hizo ampliaciones en su casa, consiguió teléfono, adornos caros, enrejó el frente y quitó la señal. Los vecinos recelosos, primero huyeron de la tentación telefónica, pero poco a poco fueron cayendo para recibir sus llamadas del "más allá". En los trabajos voluntarios del domingo, la antigua pezuña de la Revolución comenzó a alzar la voz: ¡Carajo que el domingo se hizo padescansar! Por ahí empezó a transformarse y hoy él emula a Radio Martí, con sus transmisiones. En ausencia de micrófono, usa la resonancia de los patios vecinos para transmitir insultos matutinos contra la realidad cotidiana.
Su hija leninista ya está "en las entrañas del monstruo", él pronto, la va a alcanzar. No todos le creen, sin embargo Alguien se pregunta: ¿qué manejará en Miami? ¿a quién le cederán en el barrio el privilegio de vender café? ¿Su lengua larga será de ida y vuelta a la Florida?

miércoles 25 de febrero de 2009

La Juana


Juana la negra se ganó el respeto de mi madre defendiendo un perro. Había estado presa varias veces por robo y agresión, nunca perdonó un golpe de marido ni hambre de sus hijos. Cuando sobraba un trompón o faltaba un plato de comida ella buscaba la solución a la mano.
Se mudó para la casa de una de mis amigas, la odié por eso. Todos le temían a ella y a la horda de sus siete hijos de todos las estaturas y temperamentos. Si salían a jugar sentíamos la cuadra atascada de gente y si estaban en su casa, las broncas eran la única manera de acallar el radio a todo volumen. Cierto, cambiaron el escenario de un lugar tan silencioso y aburrido.
Pero cuando a Caridad se le murió su marido, el amor lo trasladó a cuanto perro callejero le salía al frente. Su casa, convertida en perrera, adoptada lo mismo a enfermos, sarnosos o a inexpertos extraviados. En nuestro municipio si a alguien se le perdía un perro iba a ver a Caridad. Para los niños del barrio era una extraña fascinación acercarse a la casa con paredes vestidas de enredaderas y abriendo huecos en la cerca sacaban a los perros, les tiraban piedras, los correteaban, competían con los escándalos de la Juana.
Un mediodía, el hijo menor de Juana se convirtió en un protagónico de "El señor de las moscas", llamó a unos cuantos chiquillos y la emprendió contra un perro que movía su cola detrás de su temblor, lo arrinconaron contra una cerca y lo empezaron a apedrear. Nadie sabe de dónde salió Juana, pero desde nuestra altura vimos un edificio que se nos encimaba, el grupito de varones se hizo una cochinilla sobre ellos mismos y las niñas nos echamos a un lado. La negra caminó aplastando la hierba hasta llegar al perro, lo levantó en brazos y acarició con ternura su cuerpo sarnoso. Por el hoyo de la cerca lo introdujo, amable, de regreso al refugio y se viró...en ese momento escuché el llamado de mi madre, venía calle abajo dispuesta al encontronazo, aunque la verdad le quedaba por la cintura a la Juana. Esta ni se inmutó, caminó despacito mirando de lado al hijo que se escudaba detrás de otros dos. Lo tomó del cuello, lo levantó en peso y lo pegó contra la cerca: ¿Te gusta? preguntó con los dientes apretados. ¿Te pregunto si te gusta? aceleró al decir. Para entonces, mi madre ya me tenía de la mano y se había quedado petrificada, seguramente temiendo por el hijo ajeno. ¡Nunca!¡Nunca más!¿me oyes? ¡Que no te vuelva a ver maltratando a un animal! gritó la Juana.
Yo no sé si la advertencia, el tono o aquel carácter desconocido para nosotros en una mujer, pero ninguno volvió a meterse con los perros de CAridad. A las pocas semanas, Juana andaba de novia con un camionero y sus hijos comían dispersos en las casas auspiciadoras de los vecinos.
Cuando fui a Cuba hace unos meses, vi pasar a uno de sus hijos, de los medianos. Nos saludamos con el cariño natural de quienes vivieron juntos su niñez y le elogié su bata de enfermero: Quiero estudiar medicina después, pero aquí estoy ya tú sabes...
De los siete hermanos, me dijo, sólo él aspira a la universidad. El menor lleva años en la cárcel y también su mamá. Una noche le dio candela a su última compañía animal. "La gopeaba mucho, no te puedes imaginar". Cuando nos levantamos del contén ya oscurecía, en ese momento reparé en que las noches de mi barrio cada vez son más viejas, más cetrinas. Pero la luz especial de cada vecino mantiene un espíritu de eternidad...

sábado 21 de febrero de 2009

Un medicamento

Unos investigadores de Holanda, acaban de encontrar un remedio ideal para los cubanos que no viven en Cuba y sí tienen memoria. "La memoria sigue intacta, pero la intensidad emocional de la misma ha menguado", es el Borralotodonegativodolorosopostraumático. ¡Coñó!
No digo "yes" porque todavía no lo he probado...
Todos los días, frente a mí un ciprés en vez de la mata de naranjas o cuando llego al super y veo el dibujo de un toro y cómo se nombran los cortes de carne. Cuando el teléfono no suena en días y si lo hace no será la voz de mi familia. Y saludo muy educada a mis vecinos, pero ni sé cómo se llaman. Y digo por favor y gracias, convencida del cliché. En esos instantes que uno abre el periódico y se encuentra con el récord negro de mil ejecuciones y arde con malas noticias. O cuando necesitas un silencioso piropo, acompañado con la mirada del cubano que desviste y acaricia siempre, pero es sustituido por el grupo de tipos hablando de futbol. O si veo a los niños atentos al videojuego, olvidados de que tienen padres y estos queriendo sacudirse la paternidad. Recuerdo Cuba y entonces...
Se me revuelve, yo no tengo ni a un primo del lado de acá. Tampoco me quedé, bueno me quedé dos veces: la primera porque me declararon disidente: Fue un error, chica. Alguien con influencias te quiso perjudicar. Y entonces, años después sí me quedé, llené todos los formularios del gobierno cubano para acceder al amor y mira que intenté huirle al chile...
Recuerdo Cuba y entonces...la primera visita a la Plaza de la Revolución con siete años y me pongo a vender periódicos ayudando a uno que pasó y mis vecinos ríen, nos divertimos, aún se recuerda en el barrio mi manera de sobrellevar un discurso tan largo. El día que di mi primer beso en una escuela al campo, William con su guitarra y su voz. Las letrinas, los gorgojos, la sensación de encarcelada. Y el Preuniversitario con su Dibujo Técnico y aquel profesor de Literatura con quien luego me desquité. El museo donde me ponía los rolos, libérrima, dueñas mis amigas y yo de todo lugar. La carrera y Tarará donde se me hizo eterno un muchacho que apenas se enteró. Amanecer sobre una guagua. Legrado. Avalanchas con los años: la maleta de palo, el hambre, los callos y ampollas en las manos, los cujes de tabaco, las guatacas, los pases cada quince días, las fugas, los regaños, las posadas y la peste, el vecino muerto en altamar, el tío que se quería ir por el Mariel y se quedó. Las verjovinas, el Pabellón Cuba, el malecón. Los viajes a la plaza, anotarse en la lista del CDR, el gentío me aterraba. Llegar a la Habana e irnos a pistear, cuadrar, conocer gente. No sé por qué a tantos les duele asimilar estos paseos, la mayoría no oía el discurso pero se divertía cantidad.
Y en cada visita a mis padres, el revoltijo de recuerdos, el golpe en la cara de quienes te quieren y de quienes quieren. De quienes se han ido por muerte y de quienes se han ido por...
Los problemas más grandes, los propios más viejos, los amigos en Cuba encubando negocios "por detrás" y uno llega desde el aeropuerto con una carga de espantos, allí te los echan a andar y te entregan a la familia realmente atemorizado. Luego, enfréntate al país de los recuerdos y sentirás culpa por cada bistec, por cada trapo, cada pequeño privilegio te hará desear una de esas pastillitas holandesas.
Eso es allá, pero acá también las necesito y si no resulta quisiera me diera el remedio, alguno de esos cubanos sin nostalgia, con olvidos, plenos en su bienestar, va y consigo olvidarme de abuelo en Cuba, con 92 años, que aún siembra frijol para olvidar, pero hace mucho que no recuerda el verdadero sabor de la carne. Va y logro acallar las preguntas de mis niñas, en México, cuando subimos los vidrios en cada vuelta a la manzana. O las tranquilizo si demora su papá.
Los holandeses aún tienen sus reservas porque lo que somos está relacionado con nuestros recuerdos, pero por favor, algún cubano, páseme la pócima, desinteresada, sin reservas...
Una vez me dijeron: El verdadero paraíso, en Cayo Coco...
Me da lo mismo, quizás con la pildoraborratodo me sienta bien hasta en Iraq.

miércoles 18 de febrero de 2009

Por Alberto Pedro Torriente

Era muy pequeña cuando en Cuba se desató la fiebre porcina. Al fondo de nuestro patio, en un chiquero teníamos una puerca parida y cuando empezó la epidemia sentenciaron los iban a quitar. En mí, aún permanece la imagen de mi madre, sentada al lado de aquellas criaturas leyendo cada noche una oración. Sentada como debe orarse (supongo) por los puercos.
Una mañana vino un camión, los agarraban por las patas y los lanzaban, sin compasión. Lloré con el desconsuelo de la inocencia, identificada desde mi estatura con aquella indefensión animal.
En el año 1993 en el teatro Bertolt Brecht, una obra me devolvió aquella escena: Manteca.
Fui al estreno en un día de huída, de esos con alas en el cerebro y Alberto Pedro me aterrizó. En el escenario una mujer y sus dos hermanos, rodeados de cuerdas, palanganas, cubos, por todos lados. Un personaje de vez en vez soltaba una palabra en ruso y me sacaba las lágrimas. Un buen amigo se había graduado en la Unión Soviética de algo relacionado con transportes eléctricos, al regreso le tocó chocar con las vías del tren: Sí sirven, dijo, para echar las brujerías. Ni se te ocurra subirte a un tren. Y su locomotora consiguió una carta falsa y se fue...
En el 1993 no había nada de comer, ni nada de nada, desayunábamos té de naranja, gracias al árbol viejo del patio. Aprendí a odiar la comida, por no tenerla y supe del agua con azúcar, de los huevos "fritos con H2O", del pan con hoja de cebollino, cultivado por mi abuelo.
Fue cuando viví Manteca, cuando reí con Manteca, cuando saborée con los oídos: chicharrón, plátano frito, congrí brillante, tachinos, pan con...
"¿Qué otra cosa es la felicidad que la prolongación resbaladizamente eterna de la manteca?"
Esa noche me reí muchísimo y Alberto Pedro dejó de parecerme un negro de sonrisa fácil, para convertirse en alguien que exponía la verdad con mil metáforas al decir:
" Y con este puerco lograremos vivir tranquilamente por el resto de nuestros días, comiendo chicharrones y sin preocuparnos por la manteca. A satisfacer las necesidades cada vez más crecientes del hombre".
Mientras los personajes esperaban un año nuevo, levantaban vasos con agua y azúcar, negándose a matar al animal. Escenario cotidiano en la Cuba de esos días, donde la esperanza de un festejo se centraba en el cuidado del puerco. Podías criarlo en una de las azoteas de Eusebio Leal, en un balcón del Vedado u orinar ante sus ojos en el baño de un departamento en Marianao.
"El problema no estaba en comer, sino en la pérdida de la posibilidad de lo distinto..."
Recuerdo haber salido del teatro, pensando en mi amigo exiliado y su mamá, en diálogo cotidiano con la barbacoa.
Ese año tuvimos puerco, en familia.
Dieciseis años después no tenemos familia, ni puerco. Y la obra, en su actualidad, repite en escenarios del mundo: "¡Hay que hacerlo!"
Su única competencia es mi madre. Dramática imagen, orando sentada, frente al árbol de las naranjas.