Wednesday, February 25, 2009

La Juana


Juana la negra se ganó el respeto de mi madre defendiendo un perro. Había estado presa varias veces por robo y agresión, nunca perdonó un golpe de marido ni hambre de sus hijos. Cuando sobraba un trompón o faltaba un plato de comida ella buscaba la solución a la mano.
Se mudó para la casa de una de mis amigas, la odié por eso. Todos le temían a ella y a la horda de sus siete hijos de todos las estaturas y temperamentos. Si salían a jugar sentíamos la cuadra atascada de gente y si estaban en su casa, las broncas eran la única manera de acallar el radio a todo volumen. Cierto, cambiaron el escenario de un lugar tan silencioso y aburrido.
Pero cuando a Caridad se le murió su marido, el amor lo trasladó a cuanto perro callejero le salía al frente. Su casa, convertida en perrera, adoptada lo mismo a enfermos, sarnosos o a inexpertos extraviados. En nuestro municipio si a alguien se le perdía un perro iba a ver a Caridad. Para los niños del barrio era una extraña fascinación acercarse a la casa con paredes vestidas de enredaderas y abriendo huecos en la cerca sacaban a los perros, les tiraban piedras, los correteaban, competían con los escándalos de la Juana.
Un mediodía, el hijo menor de Juana se convirtió en un protagónico de "El señor de las moscas", llamó a unos cuantos chiquillos y la emprendió contra un perro que movía su cola detrás de su temblor, lo arrinconaron contra una cerca y lo empezaron a apedrear. Nadie sabe de dónde salió Juana, pero desde nuestra altura vimos un edificio que se nos encimaba, el grupito de varones se hizo una cochinilla sobre ellos mismos y las niñas nos echamos a un lado. La negra caminó aplastando la hierba hasta llegar al perro, lo levantó en brazos y acarició con ternura su cuerpo sarnoso. Por el hoyo de la cerca lo introdujo, amable, de regreso al refugio y se viró...en ese momento escuché el llamado de mi madre, venía calle abajo dispuesta al encontronazo, aunque la verdad le quedaba por la cintura a la Juana. Esta ni se inmutó, caminó despacito mirando de lado al hijo que se escudaba detrás de otros dos. Lo tomó del cuello, lo levantó en peso y lo pegó contra la cerca: ¿Te gusta? preguntó con los dientes apretados. ¿Te pregunto si te gusta? aceleró al decir. Para entonces, mi madre ya me tenía de la mano y se había quedado petrificada, seguramente temiendo por el hijo ajeno. ¡Nunca!¡Nunca más!¿me oyes? ¡Que no te vuelva a ver maltratando a un animal! gritó la Juana.
Yo no sé si la advertencia, el tono o aquel carácter desconocido para nosotros en una mujer, pero ninguno volvió a meterse con los perros de CAridad. A las pocas semanas, Juana andaba de novia con un camionero y sus hijos comían dispersos en las casas auspiciadoras de los vecinos.
Cuando fui a Cuba hace unos meses, vi pasar a uno de sus hijos, de los medianos. Nos saludamos con el cariño natural de quienes vivieron juntos su niñez y le elogié su bata de enfermero: Quiero estudiar medicina después, pero aquí estoy ya tú sabes...
De los siete hermanos, me dijo, sólo él aspira a la universidad. El menor lleva años en la cárcel y también su mamá. Una noche le dio candela a su última compañía animal. "La gopeaba mucho, no te puedes imaginar". Cuando nos levantamos del contén ya oscurecía, en ese momento reparé en que las noches de mi barrio cada vez son más viejas, más cetrinas. Pero la luz especial de cada vecino mantiene un espíritu de eternidad...

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