Wednesday, March 4, 2009

Réquiem por El Caballo



En aquel país distinto reinaba El Caballo. El hombre no podía controlar veneración semejante. El Caballo, insinuaba tiempos nuevos con el ladeo de su grupa y las huellas de sus cascos eran sometidas al escrutinio de espiritistas y adivinadores.

El hombre nuevo le entregaba su esperanza. Coreaba hasta la fatiga, quebrada la voz: ¡Viva El Caballo!

Vida larga auguraban a su Reino. Prosperaban los desposeídos, al menos en sueños de mejores tiempos por venir. Las multitudes se agrupaban para verlo, empinado sobre las patas traseras, exhibiendo la marca de la oz y el martillo.

Si orinaba en pleno discurso de relinchos, le acercaban una palangana de oro. Recogían el líquido, lo procesaban y luego lo vendían en pastillas, que según los entendidos, lograban una erección elefantuna.

¡El Caballo sí tiene timbales!, rezaba el comercial.

Con los años, el hombre nuevo empezó a sufrir el embate de las pesadillas. El aire despejó el humo del tabaco, pero el cuerpo vivía en un delirio de asfixia cotidiana. Escaseó la luz, el agua y el hambre del estómago se emparejó con la inapetencia del Espíritu. Las voluntades empezaron a cambiar. El Caballo dejó de ver la huella de sus cascos y galopó en reversa. Al primer hombre que presenció el desastre, le cosieron los labios.

Y El Caballo dejó de correr, sentía pavor de la voz de multitudes y los aplausos. Cotidianamente, derramaba el líquido de la palangana y liberaba su ostracismo con sonoras ventosidades.

Se tumbó.

Una noche, el Caballerango Real, con los dedos llenos de estiércol le forzó los párpados:
¿Ves? Ahí va tu hermano.

El Caballo alcanzó a sentir el golpe de la fusta a la altura del sillar, pero no pudo incorporarse. Un disparo entre los ojos le apagó la voluntad, para siempre.

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