
En aquel país distinto reinaba El Caballo. El hombre no podía controlar veneración semejante. El Caballo, insinuaba tiempos nuevos con el ladeo de su grupa y las huellas de sus cascos eran sometidas al escrutinio de espiritistas y adivinadores.
El hombre nuevo le entregaba su esperanza. Coreaba hasta la fatiga, quebrada la voz: ¡Viva El Caballo!
Vida larga auguraban a su Reino. Prosperaban los desposeídos, al menos en sueños de mejores tiempos por venir. Las multitudes se agrupaban para verlo, empinado sobre las patas traseras, exhibiendo la marca de la oz y el martillo.
Si orinaba en pleno discurso de relinchos, le acercaban una palangana de oro. Recogían el líquido, lo procesaban y luego lo vendían en pastillas, que según los entendidos, lograban una erección elefantuna.
¡El Caballo sí tiene timbales!, rezaba el comercial.
Con los años, el hombre nuevo empezó a sufrir el embate de las pesadillas. El aire despejó el humo del tabaco, pero el cuerpo vivía en un delirio de asfixia cotidiana. Escaseó la luz, el agua y el hambre del estómago se emparejó con la inapetencia del Espíritu. Las voluntades empezaron a cambiar. El Caballo dejó de ver la huella de sus cascos y galopó en reversa. Al primer hombre que presenció el desastre, le cosieron los labios.
Y El Caballo dejó de correr, sentía pavor de la voz de multitudes y los aplausos. Cotidianamente, derramaba el líquido de la palangana y liberaba su ostracismo con sonoras ventosidades.
Se tumbó.
Una noche, el Caballerango Real, con los dedos llenos de estiércol le forzó los párpados:
¿Ves? Ahí va tu hermano.
El Caballo alcanzó a sentir el golpe de la fusta a la altura del sillar, pero no pudo incorporarse. Un disparo entre los ojos le apagó la voluntad, para siempre.
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